Échale la culpa al mosquito

La prevención implica ser proactivos, asumir el riesgo y adelantarse a los acontecimientos. Una adecuada política de prevención sin dudas puede evitar o disminuir consecuencias negativas e incluso salvar vidas. Pero nuestras leyes e instituciones son reactivas. Me animaría a decir que culturalmente somos reactivos. Lamentablemente muchos todavía ven a la prevención como un gasto y no como una inversión. Y, por el contrario, la prevención disminuye costos.

No prevenir significa no tener la información, las herramientas ni la preparación necesaria para poder enfrentarlo. La Dra. Andrea Gamarnik, viróloga del Instituto Leloir, ha dicho estos días que ‘no se puede improvisar en dos semanas, que es necesario prepararse, tener una estrategia para el futuro‘.

Pero la improvisación es moneda corriente. Cada área, centro, municipio o provincia hace lo que puede. No hay programas de abordaje integrales. Y aquí la cuestión de los recursos se vuelve central: si el Estado no remite los fondos necesarios, impide atacarlo. Paradójicamente el Ministerio de Salud presenta retrasos en la ejecución del presupuesto y, aún peor, en plena emergencia la Jefatura de Gabinete le quitó 14 millones.

Se tiene una respuesta fragmentada e insuficiente para abordar seriamente el problema. La Dra. Mirta Roses Peragio, Directora de la Organización Panamericana de la Salud, reconoció que no es solo una responsabilidad de Salud y que ‘se requiere un enfoque integrado y multidisciplinario, incluyendo municipios y el apoyo fuerte de los medios con mensajes claros y precisos’.

La autoridad sanitaria nacional debe garantizar el tratamiento oportuno, ampliando el ámbito de atención, promoviendo políticas saludables a través de la concertación interinstitucional y el trabajo intersectorial.

No hay ninguna vacuna o tratamiento para el dengue, pero una atención médica apropiada puede salvar las vidas. La única manera de prevenir la transmisión es combatiendo los mosquitos que transmiten la enfermedad y que se multiplican en aguas estancadas. Para esto, hay que convocar a la comunidad para limpiar los barrios y deshacerse de recipientes que contienen agua estancada e intercambiar información de prevención.

El dengue debe su propagación, en gran medida, a asentamientos informales, falta de sistemas de alcantarillado, agua corriente, al aumento de población en entornos con baja calidad ambiental, a las viviendas hacinadas, y a la falta de acceso universal a servicios sanitarios básicos.

El dengue existía y era conocido por todos, sin embargo no pudimos prevenirlo. La falta de una planificación estratégica impidió una actuación eficiente, se demoró en dar el alerta sanitario y en tomar las medidas adecuadas. El país está todo infectado, aunque se intente manipular las cifras de casos.

Una frase de Bertolt Brecht diferencia el grado de responsabilidad entre quien no sabe y quien sí pero no hace nada. Difícilmente las autoridades puedan haber ignorado semejante epidemia que nos rodeaba, seguramente tengan que hacerse cargo de su inacción y de su falta de previsión. Evidentemente, la culpa no es del mosquito.