El fin de los chivos expiatorios

En la Argentina, las culpas suelen ubicarse afuera; hoy, una de las señas de identidad del Gobierno reside en la responsabilidad asumida ante la tarea de normalizar el país.

Las elecciones de 2015 quedarán en la historia como una bisagra. La voluntad popular barrió con algunos estereotipos muy propios de nuestra vida institucional, como “no se puede gobernar sin el peronismo”, “los radicales ganan elecciones pero no gobiernan”, “la provincia de Buenos Aires es justicialista” o “nadie puede contra los barones del conurbano”. Vale refrescar la memoria: María Eugenia Vidal ganó en la provincia de Buenos Aires con casi el 40% de los votos, luego de 28 años de mandatos justicialistas. Diego Valenzuela arribó a la intendencia de Tres de Febrero, tras 24 años de gestión de Hugo Curto. Hechos similares se dieron en Quilmes, Pilar, Lanús y otros tantos rincones del país.

En distintos niveles de la administración pública, dirigentes enquistados durante décadas debieron salir a la luz y aceptar su rol en la oposición, situación que aún hoy les requiere una gimnasia a la que no estaban habituados. El resultado del ballottage, finalmente, demostró que un frente político joven, con nuevas ideas y hábitos renovados, podía imponerse ante figuras que representaban el pasado.

En muchos ámbitos de la vida (como el deporte, la ciencia o la tecnología), medir la magnitud de un logro puede llevar mucho tiempo. Para valorarlo hace falta distancia temporal y emocional. Siempre cuesta apreciar el momento histórico en que vivimos. Este logro de un líder moderno como Mauricio Macri, que llega a la Casa Rosada al frente de un partido político del siglo XXI, es en realidad la hazaña de la esperanza. Es la expresión cultural hecha carne en los miles y miles de voluntarios que salieron a cuidar cada voto para quebrar el statu quo de una corporación política que se había perpetuado en el poder.

Más de un año después, esa proeza construida sobre la verdad se nutre de convicción, coherencia y coraje y no de la mirada inmadura de quien pone todos los males afuera.

Durante siglos, los problemas internos de las comunidades fueron atribuidos a personas elegidas como culpables, conocidas como “chivos expiatorios”, sobre la base de la antigua práctica retratada por la Biblia de sacrificar un chivo o macho cabrío para liberar las culpas. No importaba si el acusado era realmente responsable de aquello que se le achacaba: el fin era que alguien se hiciera cargo rápidamente de los pecados de la comunidad. Las brujas en la Edad Media, los negros en Estados Unidos antes de la Guerra de Secesión, los judíos en Alemania luego de la Primera Guerra Mundial, los latinos en Estados Unidos, y un larguísimo etcétera, son prueba suficiente.

Y la Argentina no es la excepción. La historia de nuestro país muestra infinidad de ejemplos en los que, evadiéndonos de nuestras responsabilidades, echamos la culpa de nuestros inconvenientes a la dirigencia: Rosas, Roca, el peronismo, los militares, Menem, De la Rúa… La responsabilidad de que nos vaya mal siempre ha sido ajena. Decía el escritor Marco Denevi que el argentino tiene mentalidad de huésped de hotel: “Vive su patria como un lugar que no le es propio”. Así las cosas, los argentinos solíamos vivir en la espera permanente de un país maravilloso que alguna vez existió y que volverá como una especie de juicio final que nos redimirá y nos pondrá a todos en el lugar que merecemos. Esa visión de los argentinos no es para Cambiemos el mejor camino para lograr el país en donde uno realmente quisiera vivir.

Muchas personas decentes y bien intencionadas creyeron en los propósitos del gobierno anterior. Sin embargo, si deseamos reencontrarnos con lo que somos, necesitamos sincerarnos y asumir los errores como un aprendizaje. En los últimos años, vivimos sumidos en una mentira existencial planteada como política de Estado: las grandes obras públicas no se concretaron, las estadísticas oficiales fueron manipuladas y anuncios irrelevantes se festejaron por cadena nacional con bombos y platillos. Erigidos en los principales defensores de los derechos humanos, la contradicción de los Kirchner se hacía evidente cuando el general César Milani, acusado de ser cómplice en delitos de lesa humanidad, ocupaba la jefatura del Ejército, y cuando los miembros del pueblo qom eran perseguidos en el Norte. La palabra oficial se degradó a niveles nunca antes vistos.

Evitar una crisis siempre resulta una tarea compleja, pero mucho más cuando se la niega. Por eso lograr un cambio de régimen económico sin agravar esa situación fue una de las principales tareas en este primer año de gestión. La ilusoria sensación de bienestar de los años anteriores -basada en un esquema perverso- generó esa negación colectiva de una porción de la sociedad.

Nuevos tiempos políticos marcan un quiebre en la manera de afrontar nuestros problemas. Una de las señas de identidad del gobierno reside en la responsabilidad asumida ante la titánica tarea de normalizar el país. Así se hizo con el mercado del dólar o con el sinceramiento del Indec, por nombrar algunos casos. Lo novedoso -como se vio en la ciudad de Buenos Aires, entre 2007 y 2015- es que representamos una dirigencia que involucra a los ciudadanos y se ocupa de ellos. Los obstáculos y las dificultades no se solucionarán merced a gobernantes maravillosos con poderes celestiales. Cada ciudadano es parte de la solución.

En Cambiemos no creemos tener la verdad absoluta, pero asumimos el papel de marcar las diferencias evidentes entre un relato -desautorizado por la mayoría de la sociedad en las urnas- y la realidad palpable. Somos parte de un cambio en la cultura política que deja de lado la soberbia, la confrontación con el que piensa distinto y la mentira como política de Estado e intenta asumir como propios los valores de autenticidad, humildad, honestidad y responsabilidad que la sociedad reclama.

Sabemos que hemos heredado un Estado que aún no funciona bien. Pero estamos convencidos de que hasta ahora sólo sentamos las bases para empezar a crecer. Se trazaron los cambios macroeconómicos para ir hacia el impacto en la economía de bolsillo. Incluso en 2017 tendremos el desafío de avanzar en las cien prioridades de gobierno, con un plan de gestión enraizado en ejes como la estabilidad macroeconómica, el acuerdo productivo nacional, el desarrollo de infraestructura, el desarrollo humano sustentable, el combate del narcotráfico y mejora de la seguridad, el fortalecimiento institucional, la modernización del Estado, la inserción inteligente al mundo y el ordenamiento del gasto público.

Hoy tenemos la oportunidad de proyectar hacia adelante, despojándonos de la pesada mochila del pasado y apostando claramente hacia un futuro mejor, en donde, citando nuevamente al brillante Denevi, “nos convenzamos de que este hotel de tránsito es nuestro único hogar y de que no hay ninguna Argentina esperándonos en ninguna otra parte”.

Construyamos juntos nuestro lugar, que es nuestro país, más de todos que nunca, mirando hacia nosotros mismos y haciéndonos cargo de la parte que nos toca. Lo hemos dicho en campaña: es acá, es ahora.

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