¿Mandatarios o dueños del poder?

El término democracia fue utilizado por primera vez en Atenas, en el siglo V a.C., para dar nombre al gobierno directo de los ciudadanos que, reunidos en asambleas, tomaban las decisiones sobre los asuntos públicos. El sistema griego no era inclusivo como lo es hoy en el siglo XXI ya que, por ejemplo, dejaba fuera de la discusión a mujeres, esclavos y extranjeros; pero con el correr de los años el concepto de democracia evolucionó hasta alcanzar al conjunto de la sociedad y el poder pasó a ejercerse, ya no en forma directa, sino a través de representantes.

Sin embargo, lamentablemente, algunas personas a las que se les confiere el mandato, luego de ejercer la función pública en forma continuada, no sienten que son “mandatarios” de los cargos sino “propietarios”. Se creen dueños indispensables del destino del país y esto los lleva a desarrollar un amplio sentido de impunidad. Guillermo O’Donnell describió, a mediados de la década del noventa, el surgimiento de un nuevo tipo de democracia que se desprende de la que conocemos como representativa y lleva el nombre de “delegativa”. Según el fallecido politólogo argentino, esta democracia delegativa se basa en la premisa de que aquel que gana una elección presidencial se arroga “el derecho a gobernar como él considere apropiado”, y se encuentra limitado únicamente por dos cosas: la dura realidad de las relaciones de poder existentes y el carácter temporal que le marca la propia Constitución.